Misericordia, arrepentimiento y perdón (II)
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II.- NUESTRA MISERICORDIA CON EL PRÓJIMO.-
1.- AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS.-
También el amor que nuestro padre Dios nos tiene, con amor se paga: amándolo a Él sobre todas las cosas y amando a nuestro prójimo.
Y consecuentemente, la misericordia divina con nosotros, se corresponde igualmente con la práctica de la misericordia con los demás.
Ya en la parábola del Hijo Pródigo vemos como el hermano mayor no es misericordioso con su propio hermano de sangre, con el agravante de no corresponder a la petición expresa del Padre.
No se trata de un tema discutible, atendiendo a las circunstancias, sino que el dictamen del Señor Jesús es concluyente a la hora de juzgar nuestra intención de participar en la Eucaristía: “Si te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda, ante el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).
El mandamiento nuevo, el resumen magno de toda la ley y los profetas, la condición sine qua non del ser y ejercer como cristiano, su barómetro más preciso, es el trato a los demás, a todos los demás.
Por ser Iglesia, todos los bautizados desde el Papa Francisco al último monaguillo, tenemos la misma dignidad –somos hijos de Dios- la misma misión –que todos los demás tengan Vida y Vida abundante- y la misma responsabilidad de vivir en Gracia de Dios como miembros vivos de la Iglesia.
Predicar y dar trigo, serlo y parecerlo, dar y darse.
- El buen samaritano.-
Misericordia que debe hacerse vida en la vida de los verdaderos seguidores de Cristo, como en la parábola de aquel samaritano que atendió al hombre malherido al que dejaron tirado por el suelo el sacerdote y el levita:
«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo».
El buen samaritano, en palabras del propio Jesús, fue pues el que practicó misericordia con el prójimo.
El elemento afectivo: “Llegó junto a él, y al verle tuvo compasión”.
Y el elemento efectivo: “Y acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él”.
Y así hasta la curación total.
Este buen samaritano, en palabras del propio Jesús, fue el que afectiva y efectivamente practicó misericordia con el prójimo: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo»”.
EL AÑO DE NUESTRA MISERICORDIA.-
¡“Haz tú lo mismo”!
Palabras que el Papa hace bandera del Año Jubilar de la Misericordia al enfatizar:
«Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Año Jubilar sobre las obras de misericordia corporales y espirituales».
Hay catorce obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales.
Las obras de misericordia corporales son:
1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos
Las obras de misericordia espirituales son:
1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.
La mayoría de estas obras se expresan claramente con su enunciado y ante la imposibilidad material de glosarlas en este escrito, me permito indicar un denominador común y previo a todas ellas. Un pequeño detalle, una especie de prueba del algodón para clérigos y seglares, que mida nuestra verdadera actitud con el prójimo utilizando la vara que el mismo Cristo estableció: “el que llame a su hermano `imbécil', será reo ante el Sanedrín; y el que le llame `renegado', será reo de la gehenna de fuego” (Mt. 5,22).
Y así, quizás nuestro testimonio de vida deba comenzar por ejercer la caridad de hablar bien de todos o callar. Porque en esto de los comentarios sobre el prójimo, somos del mundo: es decir, como los demás.
Sin olvidar que ante nuestras flaquezas estará siempre el amor, el perdón y la misericordia de nuestro Padre Dios.
Ignacio Montaño Jiménez