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Por el camino de Emaús (II)

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Como nos repetía tantas veces Don Publio y recordábamos en la nota anterior: “Hay muchos cristianos que aun habiendo “oído" que Cristo resucitó, sin embargo, en su vida, la noticia no tiene influencia ninguna. Caminan tristes y desorientados, sin alegría y sin esperanza... En la práctica como si todo hubiese terminado en la muerte; como si Cristo no hubiese resucitado”.

Y son tantos los que decaen en su fe, que a pesar de las conversiones y de los nuevos bautizados podemos afirmar que en muchas partes –Italia y España serían un ejemplo palpable y significativo- el cristianismo atraviesa una grave crisis que reclama urgentemente una nueva evangelización.

Por eso, de una manera especial y por lo de la viga en el ojo propio, parece conveniente considerar el caso de algunos de nosotros que hemos vuelto a las andadas después de haber convivido con el Señor, después de haber sentido su cercanía y de haber incluso colaborado con Él.

Porque hay muchas maneras de irse de la casa paterna, aunque la más rotunda sea la que nos señala Jesús en la parábola del Hijo Pródigo: exigirlo todo de una vez y si te vi no me acuerdo. Pero también lo de Emaús es una forma de irse: paso a paso, con cierta tristeza, pero desertando.

Un precedente claro de este fallo tan generalizado, quizás sea el que puso en marcha Judas el Iscariote. Es decir, ir quitando poco a poco sin que aparentemente se note el robo.

Este modelo intermitente de vivir la fe, de pequeñas y no tan pequeñas traiciones y a pesar de que su aparente liviandad tiene una gran importancia a los ojos del mismo Jesucristo; así, en el Apocalipsis nos señala: "Conozco bien tus obras, que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca”.

Los discípulos del Camino de Emaús son calificados por el propio evangelista como temerosos y entristecidos, y por el mismo Cristo de gente de “poca inteligencia y tardos de corazón”.

Con su tibieza a cuestas, estos discípulos huyen a Emaús. No está el horno para bollos en Jerusalén ni tampoco son muy firmes las convicciones. Sobra el miedo y falta la fe.

Por eso, ante nuestras debilidades, ¿a qué Emaús se dirigen nuestros pasos temerosos y entristecidos cada vez que nos alejamos del Señor? O simplemente huimos de nosotros mismos, de nuestras responsabilidades dejándonos dominar por la tónica de nuestros ambientes.

Alejarse del calor del mensaje de Cristo enfría nuestro corazón, hasta el punto que nuestro pecado más evidente es esa apatía: ni frío ni caliente.

Frente a esta actitud pasiva, indolente, como máximo de estricto “cumplimiento” de las obligaciones formales, no cabe otra fórmula que el “entusiasmo”.

Etimológicamente, entusiasmar significa “llenar de Dios” y si vivir en cristiano se asienta sobre un cúmulo de virtudes humanas – alegría, honradez, simpatía, etc.- la forma ideal de expresar esta vivencia es poner entusiasmo a la hora de pensar, hablar y actuar conforme al mensaje de Cristo.

Lo de Santa Teresa –un santo triste es un triste santo- es el mejor reproche a esta manifestación externa de la apatía reinante.

Sin ninguna duda, las palabras de Jesús a sus desalentados discípulos fueron una inyección de entusiasmo, de Gracias actuales, que les hacen exclamar: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”

¡Y lo reconocieron al partir el pan!

Es decir, el entusiasmo les llegó por la Palabra y por la Comunión.

¡Qué fácil es trasladar estas circunstancias a nuestra vida, en busca de los mismos frutos!

Se trata de acercarnos a Jesús, o mejor de abrir nuestros corazones a la cercanía de Dios y escuchar sus palabras y participar en la Mesa Eucarística.

La fórmula es tan evidente como sencilla: todo discípulo despistado volverá al redil si se organiza de forma que lo primero en su vida sea nutrirse de los Evangelios y participar en la Santa Misa.

¿A diario? Y por qué no. Con quitarle a la televisión/radio la mitad del tiempo que todos los días nos ocupa, ya está.

Evidentemente no cabe pensar que todos los bautizados estén dispuestos a cumplir con este mínimo bagaje que se requiere para evangelizar. Pero es escandaloso que los responsables de hacer presentes y operativos a los movimientos, hermandades y organizaciones de la Iglesia, ni siquiera nos planteemos la tarea ni consideremos imprescindibles los frutos de esta cercanía diaria con Jesucristo.

“¡O conmigo o contra mí!” O con Cristo o solos por el camino que lleva a Emaús. Como en el Huerto de los Olivos, donde Cristo de rodillas suda sangre mientras duermen los discípulos más íntimos.

En el drama de la Pasión, sabemos que Judas consuma su traición y Pedro reniega del Maestro.

Pero, ¿y el resto de los discípulos? Su huida, el abandono, este pasar desapercibido entre quienes no dejan de vociferar - ¡crucifícale, crucifícale!- quizás refleje claramente estas actitudes pasivas, esta falta de amor al Señor.

¡Un Padre tenía dos hijos…!

El Dios que es Amor, que es padre y madre, nos espera. ¡Hay tanto que hacer!

¡Me levantaré e iré a mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti! (Lucas, 15, 18)

Y sabiendo que hasta para levantarnos contamos con el auxilio del Señor, porque en el camino de Emaús, cuando ni siquiera pensaban en volver sobre sus pasos, es decir en convertirse: “Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar con ellos” ( Lucas, 24, 15)

¡Así se lo pedimos a la Madre que el mismo Jesucristo quiso compartir con nosotros!

¡Quedad con Dios!

Ignacio Montaño Jiménez

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