La Cuaresma nos trae a diario, en cada Eucaristía, un trozo de Evangelio esencial para nuestra vida cristiana, igual que el resto del año pero con mayor intensidad y con la finalidad de movernos a una conversión más auténtica, más profunda, al contar específicamente con las palancas del ayuno, de la limosna y de la oración.
Un día nos mueve a volver a la casa del Padre y a abrirle los brazos al hermano que vuelve; otro, retrasa nuestra ofrenda y la condiciona a pedir perdón setenta veces siete; y poco a poco, se nos va desgranando el Sermón de la Montaña.
Hoy aclara el orden de los factores que en este caso sí afecta a la calidad del producto: el primero y el segundo de los mandamientos se traducen en amar a Dios y en amar al prójimo.
A estas alturas y recordando la definición de San Juan de que Dios es Amor, de que Dios es Padre, de que no podemos separar el amor al Dios que no vemos y al prójimo con el que convivimos, parece conveniente revisar nuestras vidas y ponerle nombre y dos apellidos al prójimo.
Y desde la A a la Z, debemos aprobar el examen en el amor, sin excepción alguna, antes de plantearnos si comemos carne o pescado, si nos ponemos o no la túnica, o si se nos exonerará o no del ayuno y de la abstinencia el próximo Viernes Santo.
Podemos comenzar por aquellas relaciones enfriadas, tensas o incluso rotas en nuestro entorno familiar, profesional, social, incluso religioso.
Frente a la claridad de la Palabra de Dios, debemos estar prevenidos contra nuestra oscuridad cuando se trata de quitarle a Dios la razón cuando nos pide una cura de humildad.
En este sentido, sólo una advertencia: El Amor al prójimo, más claro que el agua en el “amaos los unos a los otros como Yo os he amado”, no puede encontrar un obstáculo a la hora de llevarlo a la práctica con una verdad nuestra que no nos hará libres, porque no es la Verdad de verdad del que es Camino, Verdad y Vida.
Y no vale ampararse en que somos los ofendidos.
La adhesión a Nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero, redentor nuestro en una cruz perdonando a sus verdugos, nos lleva siempre a amar, a practicar la misericordia del samaritano –“¡Haz tú lo mismo!” –y a hacer de cirineo con la cruz del prójimo. Porque a la postre, todavía resuenan las palabras que nos llevan al amor al prójimo con el que Cristo se identifica y no a su condena:
”¡Yo soy Jesús, a quien tú persigues!”
Ignacio Montaño Jiménez

